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Soles que no pueden hundirse en el horizonte desértico

«Arena, eso es el tiempo. Toneladas y toneladas de arena que caen pesadamente sobre todo y todos, para descansar en un desierto de lapidarios silencios, donde lo corpóreo se torna intangible y el espacio es un letargo incorruptible.

Es el paso inexorable de la vida, pero no es la derrota definitiva de la memoria. El recuerdo es el único capaz de alterar ese ciclo inamovible, es la única arma que tenemos para ponerle el pecho a los ocasos que más duelen, porque hay soles que no pueden hundirse en el horizonte desértico.

Son pocos los seres capaces de burlar las leyes naturales. Los necios que deciden morir como murieron. Su permanencia en el sentimiento colectivo hace que su estancia en la Tierra no pueda medirse con un reloj común, sino con uno donde las horas sean sólo burocráticas marcas en la esfera.

Hay muertes inaceptables, irreconocibles, porque morir es callar, detenerse, yacer inmóvil en una densa penumbra. Pero hay quienes nunca callan, nunca se detienen, su naturaleza no les permite la inmovilidad, y ni todas las arenas temporales son capaces de enterrarlos.

No es un secreto biológico, no existe en su ADN un gen oculto de la inmortalidad, la verdadera razón de tanta vida está en el hacer, en el empuje y la tenacidad con que se emprenden las obras que parecen imposibles, el amor sin reparos al mundo con todo el sacrificio que eso implica, y la fuerza infinita de cambiarlo para bien.

Entonces es ilógico pensar que puede un ser de tan elevados valores morir así, sin más, como si la muerte pudiera atreverse a tanto, como si tuviera ella tan ilimitado poder. Los hombres de tal calibre jamás detienen su paso. Han aprendido a mutar, a cambiar de estado, a renacer en las almas que los aman sinceramente.

Y puede pasar miles de años, pero jamás el desierto del silencio podrá alimentarse con su esencia. Tal vez absorba sus huesos, pero nunca su espíritu, porque su espíritu es irreverente y elige seguir andando más allá de lo que nuestros ojos nos permiten ver, pues a esa altura ya no llegan los sentidos. Hasta ese lugar donde aún respiran y construyen los hombres como Fidel, hasta allí, sólo es posible llegar con el corazón.»

Yanisleidy Casas; Trabajadora de la Industria Deportiva de Florida y estudiante de tercer años en la especialidad de Contabilidad y Finanzas en el Centro Universitario Municipal.

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